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sábado, 2 de noviembre de 2013

Italia 30 años después (I).- A Roma se va por Toledo.

Cuando el piloto del vuelo 5036 de Air Europa informó al pasaje de que la pista en servicio era la 32 Izquierda y que, por lo tanto, la aproximación a Barajas la realizaríamos por Toledo, Marián y yo nos miramos y sonreímos; fue la primera y única vez que ella sonrió a lo largo de aquel vuelo. Porque el ATR 72 en el que viajábamos no es más que un abejorrillo bimotor, precioso, eso sí, pero en el que la sensación de volar es mucho más intensa, más real, que la que se percibe en un aparato de mayor embergadura, como el Boeing 737 que después nos llevó de Madrid a Roma.

Marián dijo que aprovechásemos las vacaciones de invierno para conocer Toledo y yo le dije que sí. La verdad es que tengo como uno de nuestros viajes pendientes la visita a Toledo y Salamanca, dos ciudades que yo conocí hace muchos años pero que Marián no conoce todavía. Pero había otro viaje pendiente en nuestra vida desde mucho antes que el viaje a aquellas ciudades castellanas: Italia, nuestro viaje de novios del que nos privó un error administrativo que, eran otros tiempos, impedía que se me pudiese expedir el pasaporte.

Después de mucho mascullar la idea y echar cuentas hablé con mi cuñada Sara, de contrastada solvencia para organizar viajes por internet, y le pedí ayuda para preparar un viaje de cuatro o cinco días a Roma. Empezamos a preparar el viaje en secreto, sin que Marián lo supiese, yo seguí echando cuentas y ponderé el esfuerzo que podría suponernos ampliar el viaje a las ciudades de Florencia y Venecia.

Decidido el viaje, tanto porque los números salían más o menos como por el entusiasmo que Sara mostraba en la organización del viaje, pensé no decirle nada a Marián y guardarlo en secreto mientras fuese posible, hasta que encontrase una forma original de decírselo. Cuando una tarde de finales de septiembre, en casa de Sara, dejamos cerradas la práctica totalidad de las reservas de vuelos, hoteles, entradas a museos y monumentos, etc, le dije a mi cuñada: "Y ahora vamos a buscar un hotel de Toledo, para decirle a Marián que ya hemos hecho la reserva, que no me deja tranquilo." Escogimos el Kris Demenico, que Sara lo conocía y me podía dar algunas referencias de él.

Sé guardar un secreto y no me hubiese costado nada ocultárselo a Marián mientras fuese posible, hasta que ella lo hubiese descubierto por sí misma, pero tenía dos razones de peso para decírselo antes. En primer lugar, y no por ello la razón principal, porque un viaje de la envergadura como el que íbamos a realizar requería una preparación previa que no podía llevar a cabo sin que quien estuviese a mi lado viese lo que estaba haciendo. Había que imprimir toda la documentación del viaje, mapas, información sobre los lugares a visitar, había que navegar por muchas webs, ver vídeos, escuchar audios, etc. En definitiva, para garantizar una buena organización del viaje había que dedicarle no pocas horas en los días previos al mismo, algo imposible de llevar a cabo sin que Marián se hubiese percatado.

Pero en segundo lugar, y esta es la razón principal, se lo quise decir con anterioridad porque estaba convencido de que de no hacerlo la habría privado de unos días únicos en su vida, quizás tánto como los del propio viaje, días que serían presididos por una de las emociones más placenteras que puede sentir el ser humano: la ilusión. La organización del viaje, las compras previas, las incursiones internáuticas en los lugares que íbamos a visitar o en los hoteles donde nos hospedaríamos, el giro que tomarían nuestras conversaciones a medida que se acercaba el día de la partida y Marián fuese tomando conciencia de la inminencia del viaje y fuese perdiendo el miedo a despertar y descubrir que una vez más, como tantas veces había ocurrido a lo largo de los últimos treinta años, sólo había sido un sueño que se desbarataba en la dilicuescencia onírica de la noche; sino que en esta ocasión se trataba de un sueño que, ahora sí, iba a cumplirse de verdad. Estas y otras cosas así permitieron a Marián, al desvelarle el secreto con anterioridad, vivir en un estado permanente de ilusión que bien mereció la pena renunciar a la utopía de plantarla ante la Fontana de Trevi con los ojos y los oídos tapados para verle la cara que pondría al destapárselos ante tan anhelado monumento. Sí, creo poder hablar por los dos, los días anteriores al viaje también han sido de los mejores de nuestra vida.

Hasta aquí lo que os quería contar de nuestro viaje a Italia. Porque lo particular, lo que lo ha hecho diferente al que hayáis podido realizar o podáis realizar en el futuro cualquiera de vosotros no es habernos sobrecogido al pisar las gradas del Coliseo, extasiarnos ante la Fontana de Trevi o salir de los Museos Vaticanos con la necesidad vital de respirar aire puro, porque seguro que en cada uno de estos casos todos hemos sentido más o menos lo mismo. Yo sólo quería mencionar algunas de esas circunstancias que se dan en cada viaje, que son las que de verdad lo harán diferente del de cualquier otro viajero, y le otorgorarán los calificativos de singular e irrepetible.

Italia, aunque sólo sean siete días lo que pases en ella, da para mucho, tanto que por no demorar más la publicación de nuestro diario del viaje lo haré por entregas, dedicando esta primera exclusivamente a Roma. Aunque escribo este artículo tanto para contaros algo del viaje y enseñaros muchas de las muchísimas fotos que hicimos, también lo hago para que quede en este blog el recuerdo del viaje, quizás por eso me esté enrollando tanto y os presente más fotos que en otros casos. Espero que me perdonéis.

De lo que dieron de sí los días que pasamos en Roma os dejo el enlace para que veáis las fotos, algunas de las cuales llevan pie de foto para contar de manera muy breve de qué se trata o dar alguna pequeña explicación sobre la foto en sí. Como siempre, las fotos publicadas aquí tienen rebajada su resolución y, aunque en este viaje he dado prioridad a la captura del recuerdo en sí sobre el deseo de recrearme en la realización de las fotos, algunas de las que publico aquí, junto con otras que aquí no aparecen, las estoy publicando en mi página de Flickr en su resolución original. En esta ocasión, y sólo para no retrasar más la publicación de este artículo, no os dejo la posibilidad de que os descarguéis las fotos, pero si queréis algunas, sean las que sean, en particular hacédmelo saber y os las facilitaré encantado.

¡Ah!, hasta que una noche hermosa, inenarrable, le desvelé a Marián de la manera más original que se me ocurrió el secreto del viaje que realmente íbamos a realizar, ella entraba varias veces al día en la web del hotel Kris Domenico para ver sus habitaciones, sus vistas, sus servicios, y estaba encantada con que ya tuviésemos reservado el hotel para nuestra visita a Toledo. Marián estaba encantada con ese viaje a Toledo. Por ello, a pesar del miedo que estaba pasando, no pudo evitar sonreir cuando el comandante del vuelo anunció que sobrevolaríamos aquella localidad, toda una casualidad y la anécdota del viaje. Al final resultó que también fuimos a Toledo. Marián me dijo más o menos: "Pues sabes que ahora me da pena de Toledo, pobrecito. Un día tenemos que venir, ¿eh?"


Y aunque aún me quedan algunas fotos que agregar aquí tenéis el enlace para ver el álbum sobre Roma en mi página de Flickr.




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